Ebook: La lectura llevada a controversia

Cuando no era más que una niña, devoraba libros. Y aún lo hago. De hecho, mis amigos odian regalarme libros porque, según dicen, “no cunde”. Coger los libros y abrirlos, saborear su aroma, pasear mi mirada entre sus páginas y las palabras que serpentean por ellas ha sido, y es, uno de mis mayores placeres. Nunca se me ocurrió pensar que algún día aparecería un artilugio que los sustituyera. Y cuando se dio a conocer el ebook, me aferré insistentemente a la opinión de que los libros en papel, su peso, escuchar las páginas crujir a medida que se pasaban, eran mejor que una simple pantalla. Y sigo en mis trece. No hay nada más personal que disfrutar de un buen libro impreso y editado, cuanto más antiguo y manoseado, mejor. Cada ejemplar cuenta una historia, no sólo la que relatan las palabras impresas en él, sino también la portada maltrecha, las dobleces accidentales de las hojas, el surco suave de un lápiz bajo alguna cita especialmente atractiva. No es sólo un libro; también es un amigo de fatigas.

Pero apareció el ebook. Él es el protagonista de este artículo, él y la controversia creada alrededor de la lectura.

El ebook se fue haciendo camino muy rápidamente. Tiene tantos enemigos como aliados, y realmente resulta difícil hacer oídos sordos a su utilidad. Para los “devoralibros” como nosotros, aún más. El hecho de que un aparatito no más grande que un cuaderno, y desde luego más fino, sea capaz de albergar en su haber un libro como Anna Kárenina de Tólstoi (unas mil páginas, tirando por lo bajo), o la trilogía de El Señor de los Anillos, resulta demasiado tentadora. Y eso son sólo unos cuantos ejemplos. Simplemente el hecho de tener a nuestro alcance la posibilidad de llevar de un lado a otro nuestra biblioteca al completo dentro de una bolsa de mano es fascinante. Por otra parte, teniendo en cuenta que las cosas no están últimamente para lanzar cohetes, es obligado pensar dos veces en qué gastar el dinero. Y los libros, nos guste o no, no dejan de ser una ruleta rusa a menos que el ejemplar que queramos adquirir ya lo hayamos leído antes. En caso contrario, el riesgo es demasiado grande. De esta forma, encontré otra de las utilidades (a mi pesar) que tiene el ebook: si se tiene la gran suerte de encontrar los libros ansiados en formato EPUB, es posible descargarlos y leerlos antes que hacerlo sobre papel. Así, si el ejemplar ha resultado ser una decepción, se borra el archivo y a otra cosa mariposa (algo que hice yo, por ejemplo, con la nueva novela de J.K.Rowling, Una vacante imprevista). Por tanto, el ebook no sólo resulta cómodo en cuanto a espacio, sino también en cuanto al bolsillo tintineante se refiere.

Por supuesto, no emite esa sensación de cercanía y complicidad que sí hacen los ejemplares impresos. No es más que una fría pantalla que cumple una función. Pero resulta útil, y la utilidad está a la orden del día en nuestros tiempos. Pese a ser una “devoralibros”, he de admitir que el ebook no es tan malo como parece, pero nunca podrá sustituir los libros impresos y editados, cada uno con su propia historia, cada uno emitiendo esa calidez que consigue que incluso se sienta cariño por ellos, llegando a convertirse en compañeros inseparables a lo largo de los años.

Ana González-Muriel

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